viernes, 27 de febrero de 2026

 

SALIR A GANAR, O…

Siempre distinguí entre la izquierda que aspira a ganar, a intentarlo, aunque se caiga en el intento; y quien solo aspira, o se conforma, que es lo mismo, con defender lo que posee, aunque solo sea un montón de ideas con las que ser coherente. Ser coherente es necesario pero, para generar confianza, hay que esforzarse por ganar, arriesgando si es preciso.

Por lo mismo, siempre me merecieron poco respeto quienes se contentaban con el mal menor y, sobre todo,  detesté a quienes apostaban por el “cuanto peor mejor” con la ilusión de que, en medio del caos, ellos podrían crecer.

En elecciones, se puede perder votos una vez, ser castigado por los votantes por algún error cometido. Pero si se siguen perdiendo votos una y otra vez, algo mal se está haciendo, y los votos perdidos no se recuperan fácilmente.

La historia demuestra que, para que surja una organización política “rompedora”, tiene que producirse dentro de un movimiento generalizado de movilizaciones populares  y en conflicto. En tiempo de calma, Podemos no hubiera sido posible: la movilización del 15-M lo hizo posible. También muestra la historia que, cuando el movimiento llega a entrar en las instituciones, obteniendo representación en ellas, la movilización desaparece o, cuando menos, disminuye. Los verdaderos cambios se consiguen desde el gobierno pero, y sobre todo, por la presión en las calles.

Las grandes transformaciones no las han conseguido los partidos políticos en solitario, ni la acción política institucional. Se producen cuando junto, o tras los partidos, está la gente. Y no solo apoyando, sino aportando, ideas, corazón, organización y fuerza.

En una lucha encarnizada de clases, la valía y grandeza de un movimiento se mide por el poder de su enemigo. Lo decía el gran Jefe Indio. Y no vale estar siempre lamentándose de que el enemigo te persiguió, te discriminó, te boicoteó. Ser perseguido, discriminado o boicoteado por tu enemigo, es un título de grandeza del que hay que sentirse orgulloso, por mucho mal que te haya hecho. Es lo que te justifica, te distingue, te confirma: tener un enemigo importante porque tú eres  importante. Cuando el enemigo deja de perseguirte… malo.

Vivimos una situación en la que vemos cómo avanza, a golpe de encuestas y, en los últimos tiempos, a golpe de resultados electorales, el principal enemigo de los y las trabajadoras, los pensionistas, los jóvenes, las mujeres, los emigrantes y las personas vulnerables, en general: todo apunta a que, PP y VOX, pueden ganar las próximas elecciones generales y lograr formar gobierno.

Y que gobiernen la derecha extrema y la extrema derecha no será, si eso se produce, algo pasajero, un paréntesis “soportable”, en el que se perderán derechos, pocos para quienes más tienen (derechos), y muchos para quienes tienen pocos (los trabajadores, los y las personas dependientes, las viudas, los sin techo, los que no pueden alquilar una vivienda, los que no tienen papeles… los más vulnerables). Por ellos, por quienes más sufrirán, si llegan a gobernar las derechas y, más aún, si llegan a gobernar más de una legislatura, las izquierdas tenemos la necesidad y la obligación de ponernos en movimiento para que eso no ocurra. No podemos consentir que quienes más sufren, lo vayan a soportar un año, cuatro, ocho años. Y no es cuestión de miedo: es solidaridad y compromiso con quienes más sufren. ¡Salgamos del confort en que vivimos!

Los últimos acontecimientos políticos demuestran que hay izquierda, izquierda plural, y que, la necesidad de conseguir la mayor unión posible entre esas izquierdas, es una aspiración que se ha asentado en la sociedad, hasta llegar a ser “de sentido común”, para alboroto mediático y preocupación de muchos.

Y ante esta situación, caben alternativas.

Desde quedarse de brazos cruzados, “a ver qué pasa” (ésta no es alternativa de nada), a conformarse con el mal menor, con resistir… o salir a ganar con decisión.

Contentarse con el mal menor es resignación, es conformismo, es aspirar a quedarse con lo que se tiene y aferrarse a ello, temiendo que se pueda perder. Es mal menor encubierto jactarse de que con lo poco que se tiene se pueden conseguir cosas importantes. Lo hace Junts per Cataluña, una y otra vez, y presume de ello ante sus votantes… y también lo hace Podemos con lo de la regularización de los emigrantes. Tener solo uno, dos, cuatro, siete votos “determinantes” no es título de nada, no engrandece a quien los tiene, no le da más poder, solo muestra la debilidad del conjunto, del que tú también formas parte: solo es muestra de que la mayoría progresista en el Congreso es exigua, y nada más. Y no podemos conformarnos, tampoco Podemos, creo, con que así siga siendo. Necesitamos una mayoría amplia. Con una amplia mayoría sobrarían votos y no habría votos “determinantes”.

Resistir es agarrarse a lo poco que se está haciendo (Sumar) dentro del Gobierno, sin tomar decisiones importantes, no contentándose con solo amenazas, que puedan justificar seguir dentro, cuando el socio mayoritario en el Gobierno, el PSOE, rechace, desprecie o boicotee tus propuestas.

Salir a ganar es… salir a la calle, movilizar, atreverse a convocar, sin miedo a que la gente, al principio, no te siga; con propuestas creíbles, llenas de contenido práctico, que mejoren la vida de la gente… salir con la frente alta, confiados en nosotros mismos, convencidos de lo que decimos, única manera de que la gente confíe en nosotros y se sume…

… Y es salir ahora, no vamos a votar mañana, queda tiempo por delante, se pueden lograr muchas cosas todavía, se puede, desde ya, dejar claro por qué vamos a luchar después, porque lo estamos defendiendo ahora ya. Se puede debatir mucho, se puede acordar lo necesario, se puede escuchar a la gente, se puede concretar un programa que recoja los puntos fundamentales, los más necesarios, se puede dar participación a todo el que quiera… se puede. Lo que no se puede es quedarse fuera por estar en desacuerdo con el “para qué”, el “cómo o el “quién”, cuando aún nadie siquiera lo ha definido.  Abramos la posibilidad de que entre todos podamos hacerlo. Nadie es imprescindible, pero TODOS somos necesarios.

… Y no es  cosa de los partidos solo: los sindicatos, los movimientos sociales, vecinales, feministas, ecologistas… todos tenemos algo que decir y todos podemos aportar, comprometernos y arrimar el hombro.

Hay tiempo, pero el tiempo corre, deprisa, no para. Solo falta voluntad de intentarlo. Y no valen excusas.

Nota.- Hay quien, intentando llevar las cosas al extremo, plantea que deberíamos implicar al PSOE en esto. No sería la primera vez que se plantea y que se acuerda. En el 2000, Joaquín Almunia (PSOE) y Francisco Frutos (IU) llegaron a un acuerdo electoral con resultados desastrosos para ambos partidos, y ganó Aznar. Otra cosa fue el Frente Popular del 36, pero las condiciones eran distintas. El PSOE, todavía mayoritario, debe sentirse clara y públicamente presionado a su izquierda, desde ya. El objetivo no consiste en la sola repetición de un gobierno progresista, el objetivo es conseguir el gobierno MÁS progresista posible y, para ello, hace falta que, a la izquierda del PSOE, haya la mayor fuerza posible.

 

 

viernes, 20 de febrero de 2026

 

NO LE LLAMES FASCISTA

Un fantasma recorre España, como alguien dijera, hace casi ciento ochenta años, refiriéndose al comunismo, en aquella Europa del siglo XIX. Solo que hoy, ese fantasma es la extrema derecha que se extiende por todo el mundo, Europa y gran parte de América. Y, por lo que nos toca, también España.

De un tiempo a esta parte y, especialmente, en las elecciones que se vienen celebrando a nivel autonómico, Extremadura y Aragón, las más recientes, se vienen dando resultados espectaculares para la extrema derecha, representada por VOX. Espectaculares, sobre todo, porque ocupan todo el espacio mediático, favoreciendo, con ello, que el fenómeno adquiera dimensiones nunca vistas y difíciles de prever.

La pregunta es: ¿A quién preocupa el ascenso meteórico de VOX?

Se da una paradoja: existen, desde hace meses, prácticamente desde que empezó la legislatura, dos estrategias predominantes en la política española, la estrategia del PP y la del PSOE. Aunque sus objetivos son diametralmente opuestos, como estrategias sin embargo tienen un fondo común: ninguna de las dos se basa en un proyecto, una propuesta en positivo: una, la del PP, solo consiste en echar a Sánchez, sin más, como si eso fuese la solución a todos los problemas, sin programa, sin propuestas, con el único objetivo de llegar a gobernar, cueste lo que cueste; la del PSOE, por su parte, sin apoyarse tampoco en un programa coherente, consiste básicamente en impedir, por todos los medios, que el PP gane las próximas elecciones. Un PSOE, claramente a la defensiva, se empeña en propagar el miedo a que venga un gobierno de derechas, con sus políticas reaccionarias, recordando lo que hizo el PP cuando gobernó. El PP, ni eso, solo Sánchez, Sánchez, el sanchismo, como si fuese el origen de todos los males, y todo apoyándose en medias verdades, bulos y demagogia, exageraciones, tremendismo, mucha, mucha demagogia.

¿Pero dónde está la paradoja?

La paradoja está en que, de la debilidad política de ambas estrategias, se pueden o no beneficiar otros partidos. Y la realidad es que ese beneficio no se está dando por igual: de la estrategia del PP se está beneficiando VOX, mientras que, por el contrario, de la debilidad del PSOE no se están beneficiando los partidos a su izquierda, antes al contrario, estos últimos parecen arrastrados por el declive socialista.

Los resultados extremeños resultaron ser premonitorios: ganaba el PP, el PSOE perdía, ganaba y mucho VOX y obtuvo un resultado positivo la coalición Izquierda Unida-Podemos. Después han venido las elecciones de Aragón. Nuevamente ha ganado el PP, pero lo más espectacular es nuevamente el avance de VOX; el PSOE, con una Ministra como candidata, sufría un enorme batacazo; IU-Sumar apenas salvaba los muebles y Podemos quedaba fuera.

La valoración y comentarios de los resultados han ocupado, durante días, la mayor parte de los espacios mediáticos, especialmente los televisivos, compitiendo informativamente con los dramáticos acontecimientos acaecidos en Andalucía con motivo de las sucesivas borrascas provenientes del Atlántico.

El análisis de los resultados se está centrando, casi exclusivamente, en las consecuencias que, para cada partido, tanto para el presente inmediato, como y, sobre todo, de cara a unas próximas elecciones generales, puedan derivarse. No ha habido sorpresas, los resultados han confirmado las previsiones de las encuestas. Es “el mundo de los partidos” el que acapara toda la atención. El discurso mediático se centra en lo que esos resultados significan para cada partido, quién gana y quién pierde y cuánto, que pasará a partir de ahora, en qué acabará lo de Extremadura, o en Aragón, etc. y, por otra parte, y a nivel interno, si los partidos están haciendo autocrítica, si han acertado con los candidatos…

Nadie se pregunta qué piensan los votantes. 

Hay un dato que está pasando desapercibido o, cuando menos no valorado suficientemente, como si no perteneciese a la política, o quizá porque esté empezando a ser rutinario: es la abstención. ¿Sabemos que, en ambos casos, se han abstenido más personas que la suma de las personas que han votado a PP y VOX y que éstos, PP y VOX, pueden llegar a gobernar con solo representar un 33% de todas las personas con derecho a voto? ¿Es esa toda su representación?

Las encuestas nos hablan siempre de los porcentajes de los electores que dicen que van a votar, pero no nos hablan de cuántos votantes se van a abstener y, menos aún nos informan de  por qué alguien se va a abstener. La abstención, en realidad, es un voto, y tanto en las extremeñas como en las aragonesas, el “partido de la abstención” es el partido ganador: ha obtenido un 36% de “no votos”. ¿No es un dato para reflexionar?

… Pero a nadie parece preocuparle la abstención.

Por otra parte, todos, incluido el PP y, sobre todo la izquierda, están preocupados, por distintos motivos, con el avance de VOX; pero está claro, y a los resultados me remito, que nadie está acertando en cómo parar ese avance.

Centrándome en la izquierda, en el PSOE y los partidos a su izquierda, creo que el principal error es pretender frenar a VOX compitiendo en su terreno, en la batalla cultural, y repiten y repiten “que viene la extrema derecha”: todos olvidan que, en los resultados electorales, quien tiene la última palabra son los votantes, los y las ciudadanas… Y nadie se pregunta, seriamente, por qué la gente vota a VOX y, menos aún, por qué tanta gente se queda en casa y no va a votar.

En las semanas previas a la votación se analizan las encuestas, se pregunta por el sentido del voto, si volverán a votar lo mismo que la última vez, la fidelidad al partido; se diseccionan los votantes por género, edad, nivel académico, estatus social, ideología… y se sacan conclusiones a corto plazo, se marcan las tendencias, se prevén resultados, siempre suponiendo (es mucho suponer) que las encuestas son neutrales, objetivas, estadísticamente científicas…

Pero nadie es capaz de agrupar y confrontar todas las respuestas de todas las encuestas con el fin de ver si, entre todas ellas, aparece una respuesta común que explique, no ya las tendencias, no ya las particulares de cada partido, sino la tendencia general que pueda dar una razón convincente de por qué la gente vota o deja de votar.

La gente puede dejar de votar a tal o cual partido por muchas razones: porque en la anterior campaña electoral hizo promesas que después no cumplió; deja de votar a tal o cual candidato porque no le cae bien, no tiene “tirón”, no sabe explicarse, no convence, no tiene experiencia, no tiene un pasado que merezca confianza y, sobre todo, porque no arriesga, no se distingue de los demás; la gente se deja llevar por lo que ve en televisión y no tanto por los debates electorales entre los candidatos, donde éstos emplean su turno preferentemente en descalificar al adversario y no a explicar su programa, sino sobre todo, por los debates en las tertulias televisivas, que no es lo mismo. Y, lógicamente, puede dejar de votar al partido del gobierno de turno porque se siente perjudicado u olvidado y, en definitiva, decepcionado con sus políticas concretas.

Para las elecciones generales de 2023, estuvieron llamados a votar 37,5 millones de ciudadanos. Según declaran los partidos, tienen, entre todos, alrededor de un millón de afiliados aunque, según Hacienda, sin embargo, son no más de 280.000 los que declaran pagar la cuota a un partido. Y una cosa es estar afiliado y otra participar, “militar” en la actividad del partido. La gran masa de votantes no está afiliada a partido alguno.

La mayoría de la gente no vota a la ideología, a izquierda o derecha, conservador o progresista, no tiene claro realmente lo que cada uno realmente representa, y se deja llevar por el ambiente general que rodea a la votación… En todo caso, vota “a los de siempre”, a “los suyos”, por tradición, tradición familiar… no está afiliado, no participa, pero vota y dice “no cambiar de chaqueta” fácilmente...

… O se queda en casa porque está descontento, está molesto.

Se abstiene por cómo le va en la vida, por el malestar que siente; porque se siente engañado; porque nadie le explica el porqué real de la situación que padece… y no tiene interés o ganas, o ánimo para informarse, de verdad; no vota porque nadie le explica por qué, si está trabajando y tiene un salario, no llega a fin de mes; por qué, siendo mujer cobra un 20% menos que los hombres; por qué, siendo joven tiene que cargar con los trabajos peor pagados, trabajar solo media jornada o seguir en el paro, después de haberse esforzado por estudiar y prepararse; o por qué tiene que seguir dependiendo de sus padres cuando tiene más de treinta años; y, lo que es peor, porque no entiende por qué hay quienes viven mejor sin merecerlo, por qué ella o él está siendo discriminado… y, en definitiva, porque no ve salida a lo que le pasa.

En ningún caso vota o deja de votar porque alguien le diga que el malestar es general, que no solo es suyo, que ni siquiera son los españoles los que están descontentos, que el malestar existe en todas partes, en unos países más que en otros, que su malestar, en definitiva, se debe a la forma en que está organizada la vida, el trabajo, el reparto de la riqueza, la pobreza y la desigualdad,que ahí es donde está el origen de sus males: ya nadie se lo dice. Ni siquiera las fuerzas que se llaman a sí mismas transformadoras le dicen que este sistema hay que cambiarlo. Y, lo que más le deprime es que nadie le dice que la cosa puede cambiar... y se siente solo. Al mismo tiempo ve que los políticos están enzarzados con “sus cosas”, sus intereses, sus estrategias, y no le hacen caso y no le explican el porqué de su malestar, de su descontento…

… y son millones los descontentos…

… Y muchos de esos descontentos votan a VOX, a ciegas, dejándose llevar, sin atreverse siquiera a preguntarles a sus candidatos “qué hay de lo mío, cómo me vas a sacar de esta situación”, les basta con saber que hay un culpable, ya se lo dice VOX… y vota con desgana, o con rabia, para desahogarse, o sin saber por qué.

La izquierda tiene que bajar de la nube en que se mueven los políticos, tiene que distinguirse por ser quien hace política a ras de suelo, quien escucha, quien sabe hacerse entender, quien busca soluciones reales, concretas, quien demuestra que su única preocupación es mejorar su vida, la de la gente, la vida material ante todo, y la emocional también… la de todos y todas… también la de los votantes de VOX, ¡cómo no!

Para empezar, y para frenar el avance de VOX, debe dejar de llamar fascistas a sus votantes, la mayoría de sus tres millones de votantes no lo son, si lo fueran, ¡quién sabe dónde estaríamos a estas alturas! Se sienten insultados sin saber por qué, y la izquierda debe asumir y comprender que forman parte, sin duda, de ese ingente ejército de descontentos, desarmados, olvidados y desconcertados que luchan por sobrevivir. Si la izquierda no es capaz de comprender también esto, si sigue como hasta ahora, posiblemente es que no ha entendido nada… y la extrema derecha seguirá avanzando inexorablemente.