NO LE LLAMES
FASCISTA
Un fantasma
recorre España, como alguien dijera, hace casi ciento ochenta años,
refiriéndose al comunismo, en aquella Europa del siglo XIX. Solo que hoy, ese
fantasma es la extrema derecha que se extiende por todo el mundo, Europa y gran
parte de América. Y, por lo que nos toca, también España.
De un tiempo a
esta parte y, especialmente, en las elecciones que se vienen celebrando a nivel
autonómico, Extremadura y Aragón, las más recientes, se vienen dando resultados
espectaculares para la extrema derecha, representada por VOX. Espectaculares,
sobre todo, porque ocupan todo el espacio mediático, favoreciendo, con ello,
que el fenómeno adquiera dimensiones nunca vistas y difíciles de prever.
La pregunta
es: ¿A quién preocupa el ascenso meteórico de VOX?
Se da una
paradoja: existen, desde hace meses, prácticamente desde que empezó la
legislatura, dos estrategias predominantes en la política española, la
estrategia del PP y la del PSOE. Aunque sus objetivos son diametralmente
opuestos, como estrategias sin embargo tienen un fondo común: ninguna de las
dos se basa en un proyecto, una propuesta en positivo: una, la del PP, solo
consiste en echar a Sánchez, sin más, como si eso fuese la solución a todos los
problemas, sin programa, sin propuestas, con el único objetivo de llegar a
gobernar, cueste lo que cueste; la del PSOE, por su parte, sin apoyarse tampoco
en un programa coherente, consiste básicamente en impedir, por todos los medios, que el
PP gane las próximas elecciones. Un PSOE, claramente a la defensiva, se empeña en propagar el miedo a que venga un gobierno de derechas, con sus políticas
reaccionarias, recordando lo que hizo el PP cuando gobernó. El PP, ni eso, solo
Sánchez, Sánchez, el sanchismo, como si fuese el origen de todos los males, y todo apoyándose en medias verdades, bulos y demagogia, exageraciones,
tremendismo, mucha, mucha demagogia.
¿Pero dónde
está la paradoja?
La paradoja
está en que, de la debilidad política de ambas estrategias, se pueden o no beneficiar otros partidos. Y la realidad es que ese beneficio no se está dando
por igual: de la estrategia del PP se está beneficiando VOX, mientras que, por
el contrario, de la debilidad del PSOE no se están beneficiando los partidos a
su izquierda, antes al contrario, estos últimos parecen arrastrados por el
declive socialista.
Los resultados
extremeños resultaron ser premonitorios: ganaba el PP, el PSOE perdía, ganaba y
mucho VOX y obtuvo un resultado positivo la coalición Izquierda Unida-Podemos.
Después han venido las elecciones de Aragón. Nuevamente ha ganado el PP, pero
lo más espectacular es nuevamente el avance de VOX; el PSOE, con una Ministra
como candidata, sufría un enorme batacazo; IU-Sumar apenas salvaba los muebles
y Podemos quedaba fuera.
La valoración
y comentarios de los resultados han ocupado, durante días, la mayor parte de
los espacios mediáticos, especialmente los televisivos, compitiendo
informativamente con los dramáticos acontecimientos acaecidos en Andalucía con
motivo de las sucesivas borrascas provenientes del Atlántico.
El análisis de
los resultados se está centrando, casi exclusivamente, en las consecuencias
que, para cada partido, tanto para el presente inmediato, como y, sobre todo,
de cara a unas próximas elecciones generales, puedan derivarse. No ha habido
sorpresas, los resultados han confirmado las previsiones de las encuestas. Es
“el mundo de los partidos” el que acapara toda la atención. El discurso
mediático se centra en lo que esos resultados significan para cada partido,
quién gana y quién pierde y cuánto, que pasará a partir de ahora, en qué
acabará lo de Extremadura, o en Aragón, etc. y, por otra parte, y a nivel
interno, si los partidos están haciendo autocrítica, si han acertado con los
candidatos…
Nadie se pregunta qué piensan los votantes.
Hay un dato que está pasando desapercibido o, cuando menos no valorado
suficientemente, como si no perteneciese a la política, o quizá porque esté
empezando a ser rutinario: es la abstención. ¿Sabemos que, en ambos casos, se
han abstenido más personas que la suma de las personas que han votado a PP y
VOX y que éstos, PP y VOX, pueden llegar a gobernar con solo representar un 33%
de todas las personas con derecho a voto? ¿Es esa toda su representación?
Las encuestas
nos hablan siempre de los porcentajes de los electores que dicen que van a
votar, pero no nos hablan de cuántos votantes se van a abstener y, menos aún nos
informan de por qué alguien se va a
abstener. La abstención, en realidad, es un voto, y tanto en las extremeñas
como en las aragonesas, el “partido de la abstención” es el partido ganador: ha
obtenido un 36% de “no votos”. ¿No es un dato para reflexionar?
… Pero a nadie
parece preocuparle la abstención.
Por otra
parte, todos, incluido el PP y, sobre todo la izquierda, están preocupados, por
distintos motivos, con el avance de VOX; pero está claro, y a los resultados me
remito, que nadie está acertando en cómo parar ese avance.
Centrándome en
la izquierda, en el PSOE y los partidos a su izquierda, creo que el principal
error es pretender frenar a VOX compitiendo en su terreno, en la batalla
cultural, y repiten y repiten “que viene la extrema derecha”: todos olvidan
que, en los resultados electorales, quien tiene la última palabra son los
votantes, los y las ciudadanas… Y nadie se pregunta, seriamente, por qué la
gente vota a VOX y, menos aún, por qué tanta gente se queda en casa y no va a
votar.
En las semanas
previas a la votación se analizan las encuestas, se pregunta por el sentido del
voto, si volverán a votar lo mismo que la última vez, la fidelidad al partido;
se diseccionan los votantes por género, edad, nivel académico, estatus social,
ideología… y se sacan conclusiones a corto plazo, se marcan las tendencias, se
prevén resultados, siempre suponiendo (es mucho suponer) que las encuestas son
neutrales, objetivas, estadísticamente científicas…
Pero nadie es
capaz de agrupar y confrontar todas las respuestas de todas las encuestas con
el fin de ver si, entre todas ellas, aparece una respuesta común que explique,
no ya las tendencias, no ya las particulares de cada partido, sino la tendencia
general que pueda dar una razón convincente de por qué la gente vota o deja de
votar.
La gente puede
dejar de votar a tal o cual partido por muchas razones: porque en la anterior campaña electoral
hizo promesas que después no cumplió; deja de votar a tal o cual candidato
porque no le cae bien, no tiene “tirón”, no sabe explicarse, no convence, no
tiene experiencia, no tiene un pasado que merezca confianza y, sobre todo, porque no
arriesga, no se distingue de los demás; la gente se deja llevar por lo que ve
en televisión y no tanto por los debates electorales entre los candidatos, donde éstos emplean su turno preferentemente en descalificar al adversario y no a explicar su programa, sino sobre todo, por los debates en las tertulias televisivas, que no es lo mismo. Y, lógicamente,
puede dejar de votar al partido del gobierno de turno porque se siente perjudicado u
olvidado y, en definitiva, decepcionado con sus políticas concretas.
Para las
elecciones generales de 2023, estuvieron llamados a votar 37,5 millones de
ciudadanos. Según declaran los partidos, tienen, entre todos, alrededor de un
millón de afiliados aunque, según Hacienda, sin embargo, son no más de 280.000
los que declaran pagar la cuota a un partido. Y una cosa es estar afiliado y
otra participar, “militar” en la actividad del partido. La gran masa de
votantes no está afiliada a partido alguno.
La mayoría de
la gente no vota a la ideología, a izquierda o derecha, conservador o
progresista, no tiene claro realmente lo que cada uno realmente representa, y
se deja llevar por el ambiente general que rodea a la votación… En todo caso,
vota “a los de siempre”, a “los suyos”, por tradición, tradición familiar… no
está afiliado, no participa, pero vota y dice “no cambiar de chaqueta”
fácilmente...
… O se queda
en casa porque está descontento, está molesto.
Se abstiene
por cómo le va en la vida, por el malestar que siente; porque se siente
engañado; porque nadie le explica el porqué real de la situación que padece… y
no tiene interés o ganas, o ánimo para informarse, de verdad; no vota porque
nadie le explica por qué, si está trabajando y tiene un salario, no llega a fin
de mes; por qué, siendo mujer cobra un 20% menos que los hombres; por qué,
siendo joven tiene que cargar con los trabajos peor pagados, trabajar solo
media jornada o seguir en el paro, después de haberse esforzado por estudiar y
prepararse; o por qué tiene que seguir dependiendo de sus padres cuando tiene
más de treinta años; y, lo que es peor, porque no entiende por qué hay quienes
viven mejor sin merecerlo, por qué ella o él está siendo discriminado… y, en
definitiva, porque no ve salida a lo que le pasa.
En ningún caso
vota o deja de votar porque alguien le diga que el malestar es general, que no
solo es suyo, que ni siquiera son los españoles los que están descontentos, que
el malestar existe en todas partes, en unos países más que en otros, que su malestar, en
definitiva, se debe a la forma en que está organizada la vida, el trabajo, el reparto
de la riqueza, la pobreza y la desigualdad,que ahí es donde está el origen de sus males:
ya nadie se lo dice. Ni siquiera las fuerzas que se llaman a sí mismas transformadoras le dicen que este sistema hay que cambiarlo. Y, lo que más le deprime es que nadie le dice que la cosa
puede cambiar... y se siente solo. Al mismo tiempo ve que los políticos están
enzarzados con “sus cosas”, sus intereses, sus estrategias, y no le hacen caso
y no le explican el porqué de su malestar, de su descontento…
… y son
millones los descontentos…
… Y muchos de
esos descontentos votan a VOX, a ciegas, dejándose llevar, sin atreverse
siquiera a preguntarles a sus candidatos “qué hay de lo mío, cómo me vas a sacar de esta
situación”, les basta con saber que hay un culpable, ya se lo dice VOX… y vota
con desgana, o con rabia, para desahogarse, o sin saber por qué.
La izquierda
tiene que bajar de la nube en que se mueven los políticos, tiene que
distinguirse por ser quien hace política a ras de suelo, quien escucha, quien
sabe hacerse entender, quien busca soluciones reales, concretas, quien
demuestra que su única preocupación es mejorar su vida, la de la gente, la vida
material ante todo, y la emocional también… la de todos y todas… también la de
los votantes de VOX, ¡cómo no!
Para empezar,
y para frenar el avance de VOX, debe dejar de llamar fascistas a sus votantes,
la mayoría de sus tres millones de votantes no lo son, si lo fueran, ¡quién
sabe dónde estaríamos a estas alturas! Se sienten insultados sin saber por qué,
y la izquierda debe asumir y comprender que forman parte, sin duda, de ese
ingente ejército de descontentos, desarmados, olvidados y desconcertados que
luchan por sobrevivir. Si la izquierda no es capaz de comprender también esto,
si sigue como hasta ahora, posiblemente es que no ha entendido nada… y la
extrema derecha seguirá avanzando inexorablemente.