viernes, 6 de marzo de 2026

 

¿POR QUÉ SOY CRÍTICO CON LA DIRIGENCIA DE PODEMOS?

Nota- Las siguientes líneas son respuesta a gente que le incomoda que sea crítico con quienes forman parte de la actual dirigencia de Podemos. 

Cuando surgió Podemos y le manifesté mi apoyo, cierto sector de la izquierda radical clásica criticó mi postura y, políticamente, me llamó de todo. También cuando participé en el 15-M. Compañeros y compañeras de siempre en mis luchas, no aceptaban que “quienes nunca habían estado en las luchas” (sobre todo en las obreras) se quisieran comer el mundo de los movimientos sociales y las izquierdas. En ambos casos mantuve mi postura. Posteriormente, para las elecciones municipales de Torrelavega, promoví una confluencia entre ACPT, Izquierda Unida y Podemos. Según el cálculo de algunos de los partidos mayoritarios entonces en Torrelavega, de tener éxito el intento, hubiéramos sacado cinco o más concejales. ACPT y Podemos rompieron el intento, y ACPT sacó dos y Podemos uno. Para echar abajo la operación, el PCPE trajo hasta su Secretario General nacional para dar una charla y tildar la operación de fraude y a mí de manipulador. Yo había dejado claro que no sería, en ningún caso, candidato si el intento tenía éxito y cristalizaba en la presentación de una única candidatura.

Ya en 1983, tras el fracaso del Partido de los Trabajadores (ORT-PT) y la desaparición de la ORT, en la que militaba, me planteé la pregunta: ¿Por qué, si tenemos la razón en nuestra crítica al capitalismo y sus consecuencias para los trabajadores, si los datos están ahí y son soportados por todos, la gente no nos sigue? En las municipales de ese año, nos presentamos en Torrelavega bajo el sugerente nombre de “Izquierda para el futuro”. Algo estaba haciendo mal la izquierda clásica, cuando no conseguía un apoyo popular mayoritario.

Por eso, la aparición de Podemos me ilusionó. Y actué en consecuencia, manifestando públicamente mi posición. Siempre he votado a Podemos.

Pero peinaba ya muchas canas de lucha como para digerir fácilmente cualquier discurso, por muy rompedor que pareciese.

Mi primera decepción fue que, para Vista Alegre-I, entre la documentación a debate, el principal documento, el llamado “documento político”, marcaba como único y principal objetivo “construir una máquina electoral, capaz de asaltar los cielos”, no había más definición política e ideológica. A ello se sumó la efigie de Pablo Iglesias, "el Coleta", en las papeletas de votación, al más puro marketing capitalista.

Vista Alegre II se nos presentó como un debate sobre dos concepciones estratégicas distintas, propuestas por Iglesias y Errejón. Fue un debate ficticio. Digo ficticio porque después se vio que el equipo vencedor (Iglesias) no tuvo inconveniente en asumir aspectos clave de la tesis contraria. Estaba  claro que solo se trataba de una lucha personal por el poder: no era un debate de ideas. Con un matiz: Errejón no disputaba a Pablo el cargo de Secretario General, no presentó candidatura. Sin embargo, el perdedor fue cesado fulminantemente como portavoz del partido, pasando a ocuparlo Irene Montero.  Para entonces ya había empezado la “salida”, más o menos forzada de dirigentes.

La lista de “disidentes” fue aumentando progresivamente, tanto en número como en calificación: los disidentes pasaron a ser traidores y, en el más puro estalinismo, al traidor hay que perseguirlo hasta la muerte. Y el proceso se ha extendido hasta hace bien poco ¿queda alguno por purgar? Parece que no: la actual dirigencia se ha visto reducida a la mínima expresión: Las pocas personas que la componen tienen que tapar todos los huecos, dándose la circunstancia de que un Pablo Fernández, por ejemplo,  sea, al mismo tiempo, procurador en las Cortes de Castilla y León por Valladolid desde 2015, portavoz de Unidas Podemos en las Cortes de Castilla y León, secretario general de Podemos-Castilla y León, y secretario de organización y co-portavoz de Podemos a nivel estatal, teniendo que cambiarse los propios estatutos del partido para regularizar su situación.

Para llegar a ese extremo, han tenido que abandonar su puesto una lista interminable de importantes dirigentes, por unas razones u otras, limpieza que parece no acabar nunca. Juan Carlos Monedero, Iñigo Errejón, Luis Alegre, Carolina Bescansa, Teresa Rodriguez, Gema Ubasart, Nacho Álvarez, Tania Sánchez, Tania González, Sergio Pascual, Ángela Ballester, Miguel Urbán, Ramón Espinar, Jorge Moruno, Kichi, Pablo Bustunduy, Carlos Jiménez Villarejo, Meri Pita, Gloria Erizo, Lorena Ruiz, Yolanda Díaz, Alberto Garzón, Rita Maestre, Clara Serra… y ahí está la larga lista de gestoras provisionales que eternizan su mandato indefinidamente o que dimiten en pleno… todos ellos y ellas, seguro que no son monjas de la caridad y que han tenido sus más y sus menos, pero ¿son traidores, todos y todas, en el sentido estricto de la palabra?

La mayor crisis vino con la salida de Errejón, el gran felón, y la creación de Más Madrid: crear un partido, por sorpresa, cuando todavía era miembro de Podemos, fue la “GRAN TRAICIÓN”, tan solo comparable paradójicamente con la propia formación de Podemos, hecha por sorpresa, en un auténtico golpe de mano, con alevosía y nocturnidad, dentro de Izquierda Unida, por varios de sus miembros (Pablo y demás), sin avisar al partido al que pertenecían. La operación se repetía, solo que con otros protagonistas. En una conversación en la Tuerca (programa de Iglesias), con Manolo Monereo, Pablo se vanagloriaba del éxito de la operación: un “golpe de mano” impecable, como el de Trump con Maduro.

¿Cómo iba a aceptar, la dirigencia actual de Podemos, sentarse en la misma mesa con todos los traidores, en un “Sumar” cualquiera? Sus reparos eran lógicos, pero, consecuentes con su valentía, hubiera sido más lógico que se presentaran solos, para demostrar su peso real en la izquierda… pero, no, prefirieron hacerlo bajo el paraguas de un denostado Sumar, para después salirse.    

Siempre me preocupó personalmente la figura del “lobo solitario” en política: el que avanza y avanza, más rápido que los demás, llega más lejos porque se compromete más, pero que… en un momento, mira para atrás y ve que no le sigue nadie… y no es porque los demás lo traicionen, sino porque no son capaces de seguir su ritmo o no coinciden del todo con sus ideas… pero todos son necesarios.

En mi estudio de la historia de la revolución rusa, siempre me llamó la atención la muy discutida propuesta, defendida por Lenin, de firmar, en 1918, después de haber tomado el poder y estar gobernando, que, finalmente, fue acordada, y que culminó con la Paz de Brest-Litowsk, firmada con Alemania, por la que la URSS cedía importantes territorios. Se estaba preparando la Gran Alianza Internacional para derrocar el poder de los soviets, la guerra civil estaba en ciernes… y Lenin prefirió preservar a su gente de un descalabro en términos de muertes… porque tenía claro que sin gente no podía llevar a cabo la revolución que debía seguir a la toma de poder. Veinte años más tarde, Stalin, para alimentar el culto a su personalidad y su imagen de generalísimo militarmente brillante, no tuvo ningún remilgo a la hora de mandar al matadero a más de 26 millones de compatriotas: ¡qué diferencia!

Volviendo a Podemos: ¿qué fue de los círculos, los “soviets” podemitas, el santo y seña del partido que iba a llevar a cabo una “nueva forma de hacer política”? En Torrelavega, a la creación del círculo local, asistieron más de doscientas personas.

Había que elegir entre dos opciones, no contrarias, pero que no podían convivir en el tiempo: o volcarse en la creación y fortalecimiento de los círculos, o centrar todos los esfuerzos, tanto materiales como humanos, para llegar al gobierno. Lo de los círculos llevaría un tiempo, “llegar al Gobierno era una oportunidad, nos proporcionaría cargos,  dinero, medios para formar cuadros que pudieran después crear y fortalecer círculos”: DESPUÉS. Cualquiera de las dos alternativas pueden ser discutibles pero, desde mi punto de vista, primó la prisa por llegar al Gobierno, estando dispuestos a dejar de lado, con ello, por ejemplo, intereses concretos de una parte importante de la población, como los y las pensionistas. Si no llega a ser por el PNV, nos hubiéramos tenido que tragar un año más del 0,25%... y, lo que fue peor, permitió que Rajoy siguiera más de un año gobernando.

Quizá permitir un gobierno PSOE-Ciudadanos, con Podemos en una oposición dura, vigilantes, y haciendo valer sus votos para condicionar la acción de gobierno hubiera sido una opción inteligente en aquél momento. Hay que ver ahora “el poder que tiene el partido con sus cuatro votos”. Entonces eran muchos más e igual de necesarios para conseguir mayorías. Hubieran conseguido mayor poder que estando en el gobierno. Pero lo prioritario era entrar en el Gobierno. Personalmente creo que fue un error.

Creo, es mi opinión, que Podemos ha optado, de cara a las próximas elecciones, y una vez que da por inevitable un gobierno de ultraderecha, ha optado, digo, por trabajar con el objetivo de que, en esa futura situación, Podemos en solitario representará la única oposición verdaderamente de izquierdas y el partido crecerá. Su opción es arriesgada porque olvidan que, para llegar a esa situación, tienen que pasar por las elecciones… y puede que se queden fuera del Congreso. Hasta aquí mi opinión. Sé, por información confiable de gente destacada de Podemos Cantabria, que la consigna venida de Madrid es “no unirse con nadie”, cosa que se puede comprobar que es cierta, con lo que está pasando en las distintas convocatorias electorales autonómicas que se están produciendo y con toda la insistente crítica a todo lo que hace el Gobierno de Coalición. Para mí, esa estrategia es tirar la toalla antes de tiempo. Sé que todo esto tiene bastante de elucubración mía, pero los hechos que están ocurriendo me permiten pensar que, efectivamente, si Podemos sigue en solitario, para mi pesar, se quede fuera.

Y las primarias. Otra seña de identidad. ¿La dirigencia tiene derecho a anunciar (y/o recomendar), por delante, su opinión? Pues sí, lo tiene, sobre todo si no confía en el buen sentir de su propia base a la hora de votar ¿No sería más coherente con su "nueva forma de hacer política" arriesgarse a que la gente se equivoque y aprenda de sus errores y se fortalezca?

Por último, creo que la dirigencia actual de Podemos no es gente de “los nuestros”. Sé que soy muy obrerista, seguro que es un defecto, pero echo en falta, en el discurso de Podemos, más preocupación por lo laboral, por los derechos de los y las trabajadoras, echo en falta un enfrentamiento constante con el poder empresarial, con la CEOE, no les sale espontáneamente, está claro, no es su fuerte. En la campaña de la europeas, escuché una entrevista a Irene Montero, no recuerdo si en Canal Red o la Base, jugando “en casa”, con todo el campo a su favor para expresarse como quisiera, y que duró más de una hora, en la que no nombró, ni una vez, la palabra trabajador, todo un síntoma. ¡Y no digamos obrero! ¡No, por dios! Por eso insisto tanto en que necesitamos "una izquierda para la paz", sí, pero también, y sobre todo, contra la explotación, la pobreza y la desigualdad. Y una política a ras de suelo, que escuche, que proponga mejoras concretas para la vida de la gente… y que actúe, que convoque movilizaciones. ¿Por qué Podemos y los demás, unos y otros, no se atreven a convocar por el problema de la vivienda, por poner un ejemplo? Quizá porque todos, unos y otros, no confían en su poder de convocatoria. ¿Tampoco los valientes?

Toda esta exposición puede parecer un ensañamiento, por mi parte, con Podemos, con su dirigencia, pero no. Lo que expresa es dolor, porque creo en la izquierda, en la de verdad, en la que pone por delante el interés general antes que el partidista. He perdido bastante en la vida por intentar ser consecuente con lo que pienso. Lo que he relatado son hechos, no chascarrillos. Tener un discurso claro y una acción decidida y consecuente sobre los círculos, las primarias, la defensa clara de la clase obrera y sus intereses, los derechos de los más vulnerables, de las mujeres, el Pueblo por encima del partidismo, la honestidad, la autocrítica, el pluralismo, el respeto a la opinión de los demás, son cosas fundamentales para definir una izquierda verdadera, es mi opinión.

Quizá se eche en falta la referencia a todas las dificultades que ha encontrado Podemos fuera. Pero de eso deberían haber sido conscientes, desde el principio, gente tan preparada como son, que iba a ocurrir. Y, para hacerlo frente, la única forma es hacer un partido fuerte, aunque lleve tiempo, y no hay disculpas si se ha podido y no se ha hecho.

Queda bastante tiempo para reaccionar, pero los acontecimientos enseguida se vienen encima y no ha llegado el momento de tirar la toalla. Y quien no se rompa los cuernos por conseguir un futuro gobierno más de izquierdas que el actual tendrá que asumir su responsabilidad.

    

 

 

 

Seamos responsables: NO ERREMOS EL TIRO

Vaya por delante que la primera reacción de la Alcaldesa de Cartes, ante el anuncio del Gobierno de Cantabria, de abrir un centro de acogida de menores no acompañados en su localidad, no solo fue un error político de inexperta (con perdón), sino sobre todo una falta de sensibilidad humana intolerable en una socialista.

Ante la situación creada y, como no podía ser menos, nuestro corazón nos llevó, sin matices ni reflexión alguna, a participar en la primera manifestación de apoyo a la acogida de los menores, celebrada el primer domingo siguiente a la divulgación de la noticia. Allí estuvimos.

Pero no erremos el tiro.

La desafortunada actuación de la Alcaldesa no justifica, sin embargo, que alegremente demos la vuelta al asunto y atribuyamos responsabilidades a quien menos las tiene.

En primer lugar, y esto hay que dejarlo claro, no se trataba de una situación de emergencia: los menores no estaban a la deriva en alta mar, ni siquiera acababan de llegar a nuestras playas en patera, venían de un centro de acogida, en el que estaban siendo atendidos desde hacía un tiempo, y no hubiera pasado nada si permanecían en él unos días más, hasta que se pudiera cumplir con  todas las formalidades y adoptar las medidas necesarias para que el acogimiento se produjera con la mayor normalidad y efectividad posible.

Y, en segundo lugar, la elección de Cartes para situar el centro de acogida no fue una decisión “inocente” del Gobierno de Cantabria, como tampoco lo fue el mantener en secreto su ubicación concreta y las obras de acondicionamiento, prescindiendo de todos los trámites que la competencia municipal exige para ese tipo de actuaciones. Y fue poco o nada responsable. Como tampoco es una decisión “inocente” que haya vuelto a escoger un Ayuntamiento gobernado por socialistas, como el de Castro, para ubicar un segundo centro. Las instituciones deben respetarse entre sí.

Es público cómo el Gobierno Autónomo se ha opuesto, desde el principio, siguiendo fielmente las directrices del partido que lo sustenta, el PP, a la acogida de los menores, fruto del acuerdo del Gobierno Central con el de Canarias. El Partido Popular ha contribuido a la creación de un ambiente anti-emigrantes denigrante, apoyándose en bulos manifiestos y opiniones reaccionarias. Y, para ser más eficaces en su política de oposición, ha alegado, en su contra, ante los tribunales, hasta el punto de que ha tenido que ser un juez quien le obligue a cumplir lo dispuesto. No obstante, y según tengo entendido, el Gobierno sigue manteniendo el recurso contra la resolución judicial. Por lo tanto, no es de recibo que oportunistamente la Presidenta de Cantabria, a la vista de la movilización ciudadana, se ponga al frente de la manifestación, intentando sacar pecho como cumplidora de las resoluciones judiciales y alardeando de sensibilidad y solidaridad para con los vulnerables menores no acompañados. Y menos aún es de recibo que los demás la sigamos dócilmente.

Y es que tampoco es de recibo que, fuerzas políticas, de indudable apoyo al acogimiento de los menores, carguen directamente contra la alcaldesa como principal responsable, y dejen de hacerlo con quien tiene la verdadera responsabilidad en el conflicto, quien ha operado con nocturnidad y alevosía, como ha hecho el Partido Popular, para provocarlo descaradamente.

Las instituciones, a los distintos niveles, tienen sus competencias y sus obligaciones. Y ninguna puede alegar desconocimiento de las competencias y obligaciones de la otra. Hay normas  autonómicas y las hay municipales, y unas y otras son de obligado cumplimiento.

Muchas veces, es solo cuestión de olfato, más que de conocimiento y claridad de ideas, saber distinguir el polvo de la paja de todo lo que se mueve a nuestro alrededor.

 

 

viernes, 27 de febrero de 2026

 

SALIR A GANAR, O…

Siempre distinguí entre la izquierda que aspira a ganar, a intentarlo, aunque se caiga en el intento; y quien solo aspira, o se conforma, que es lo mismo, con defender lo que posee, aunque solo sea un montón de ideas con las que ser coherente. Ser coherente es necesario pero, para generar confianza, hay que esforzarse por ganar, arriesgando si es preciso.

Por lo mismo, siempre me merecieron poco respeto quienes se contentaban con el mal menor y, sobre todo,  detesté a quienes apostaban por el “cuanto peor mejor” con la ilusión de que, en medio del caos, ellos podrían crecer.

En elecciones, se puede perder votos una vez, ser castigado por los votantes por algún error cometido. Pero si se siguen perdiendo votos una y otra vez, algo mal se está haciendo, y los votos perdidos no se recuperan fácilmente.

La historia demuestra que, para que surja una organización política “rompedora”, tiene que producirse dentro de un movimiento generalizado de movilizaciones populares  y en conflicto. En tiempo de calma, Podemos no hubiera sido posible: la movilización del 15-M lo hizo posible. También muestra la historia que, cuando el movimiento llega a entrar en las instituciones, obteniendo representación en ellas, la movilización desaparece o, cuando menos, disminuye. Los verdaderos cambios se consiguen desde el gobierno pero, y sobre todo, por la presión en las calles.

Las grandes transformaciones no las han conseguido los partidos políticos en solitario, ni la acción política institucional. Se producen cuando junto, o tras los partidos, está la gente. Y no solo apoyando, sino aportando, ideas, corazón, organización y fuerza.

En una lucha encarnizada de clases, la valía y grandeza de un movimiento se mide por el poder de su enemigo. Lo decía el gran Jefe Indio. Y no vale estar siempre lamentándose de que el enemigo te persiguió, te discriminó, te boicoteó. Ser perseguido, discriminado o boicoteado por tu enemigo, es un título de grandeza del que hay que sentirse orgulloso, por mucho mal que te haya hecho. Es lo que te justifica, te distingue, te confirma: tener un enemigo importante porque tú eres  importante. Cuando el enemigo deja de perseguirte… malo.

Vivimos una situación en la que vemos cómo avanza, a golpe de encuestas y, en los últimos tiempos, a golpe de resultados electorales, el principal enemigo de los y las trabajadoras, los pensionistas, los jóvenes, las mujeres, los emigrantes y las personas vulnerables, en general: todo apunta a que, PP y VOX, pueden ganar las próximas elecciones generales y lograr formar gobierno.

Y que gobiernen la derecha extrema y la extrema derecha no será, si eso se produce, algo pasajero, un paréntesis “soportable”, en el que se perderán derechos, pocos para quienes más tienen (derechos), y muchos para quienes tienen pocos (los trabajadores, los y las personas dependientes, las viudas, los sin techo, los que no pueden alquilar una vivienda, los que no tienen papeles… los más vulnerables). Por ellos, por quienes más sufrirán, si llegan a gobernar las derechas y, más aún, si llegan a gobernar más de una legislatura, las izquierdas tenemos la necesidad y la obligación de ponernos en movimiento para que eso no ocurra. No podemos consentir que quienes más sufren, lo vayan a soportar un año, cuatro, ocho años. Y no es cuestión de miedo: es solidaridad y compromiso con quienes más sufren. ¡Salgamos del confort en que vivimos!

Los últimos acontecimientos políticos demuestran que hay izquierda, izquierda plural, y que, la necesidad de conseguir la mayor unión posible entre esas izquierdas, es una aspiración que se ha asentado en la sociedad, hasta llegar a ser “de sentido común”, para alboroto mediático y preocupación de muchos.

Y ante esta situación, caben alternativas.

Desde quedarse de brazos cruzados, “a ver qué pasa” (ésta no es alternativa de nada), a conformarse con el mal menor, con resistir… o salir a ganar con decisión.

Contentarse con el mal menor es resignación, es conformismo, es aspirar a quedarse con lo que se tiene y aferrarse a ello, temiendo que se pueda perder. Es mal menor encubierto jactarse de que con lo poco que se tiene se pueden conseguir cosas importantes. Lo hace Junts per Cataluña, una y otra vez, y presume de ello ante sus votantes… y también lo hace Podemos con lo de la regularización de los emigrantes. Tener solo uno, dos, cuatro, siete votos “determinantes” no es título de nada, no engrandece a quien los tiene, no le da más poder, solo muestra la debilidad del conjunto, del que tú también formas parte: solo es muestra de que la mayoría progresista en el Congreso es exigua, y nada más. Y no podemos conformarnos, tampoco Podemos, creo, con que así siga siendo. Necesitamos una mayoría amplia. Con una amplia mayoría sobrarían votos y no habría votos “determinantes”.

Resistir es agarrarse a lo poco que se está haciendo (Sumar) dentro del Gobierno, sin tomar decisiones importantes, no contentándose con solo amenazas, que puedan justificar seguir dentro, cuando el socio mayoritario en el Gobierno, el PSOE, rechace, desprecie o boicotee tus propuestas.

Salir a ganar es… salir a la calle, movilizar, atreverse a convocar, sin miedo a que la gente, al principio, no te siga; con propuestas creíbles, llenas de contenido práctico, que mejoren la vida de la gente… salir con la frente alta, confiados en nosotros mismos, convencidos de lo que decimos, única manera de que la gente confíe en nosotros y se sume…

… Y es salir ahora, no vamos a votar mañana, queda tiempo por delante, se pueden lograr muchas cosas todavía, se puede, desde ya, dejar claro por qué vamos a luchar después, porque lo estamos defendiendo ahora ya. Se puede debatir mucho, se puede acordar lo necesario, se puede escuchar a la gente, se puede concretar un programa que recoja los puntos fundamentales, los más necesarios, se puede dar participación a todo el que quiera… se puede. Lo que no se puede es quedarse fuera por estar en desacuerdo con el “para qué”, el “cómo o el “quién”, cuando aún nadie siquiera lo ha definido.  Abramos la posibilidad de que entre todos podamos hacerlo. Nadie es imprescindible, pero TODOS somos necesarios.

… Y no es  cosa de los partidos solo: los sindicatos, los movimientos sociales, vecinales, feministas, ecologistas… todos tenemos algo que decir y todos podemos aportar, comprometernos y arrimar el hombro.

Hay tiempo, pero el tiempo corre, deprisa, no para. Solo falta voluntad de intentarlo. Y no valen excusas.

Nota.- Hay quien, intentando llevar las cosas al extremo, plantea que deberíamos implicar al PSOE en esto. No sería la primera vez que se plantea y que se acuerda. En el 2000, Joaquín Almunia (PSOE) y Francisco Frutos (IU) llegaron a un acuerdo electoral con resultados desastrosos para ambos partidos, y ganó Aznar. Otra cosa fue el Frente Popular del 36, pero las condiciones eran distintas. El PSOE, todavía mayoritario, debe sentirse clara y públicamente presionado a su izquierda, desde ya. El objetivo no consiste en la sola repetición de un gobierno progresista, el objetivo es conseguir el gobierno MÁS progresista posible y, para ello, hace falta que, a la izquierda del PSOE, haya la mayor fuerza posible.

 

 

viernes, 20 de febrero de 2026

 

NO LE LLAMES FASCISTA

Un fantasma recorre España, como alguien dijera, hace casi ciento ochenta años, refiriéndose al comunismo, en aquella Europa del siglo XIX. Solo que hoy, ese fantasma es la extrema derecha que se extiende por todo el mundo, Europa y gran parte de América. Y, por lo que nos toca, también España.

De un tiempo a esta parte y, especialmente, en las elecciones que se vienen celebrando a nivel autonómico, Extremadura y Aragón, las más recientes, se vienen dando resultados espectaculares para la extrema derecha, representada por VOX. Espectaculares, sobre todo, porque ocupan todo el espacio mediático, favoreciendo, con ello, que el fenómeno adquiera dimensiones nunca vistas y difíciles de prever.

La pregunta es: ¿A quién preocupa el ascenso meteórico de VOX?

Se da una paradoja: existen, desde hace meses, prácticamente desde que empezó la legislatura, dos estrategias predominantes en la política española, la estrategia del PP y la del PSOE. Aunque sus objetivos son diametralmente opuestos, como estrategias sin embargo tienen un fondo común: ninguna de las dos se basa en un proyecto, una propuesta en positivo: una, la del PP, solo consiste en echar a Sánchez, sin más, como si eso fuese la solución a todos los problemas, sin programa, sin propuestas, con el único objetivo de llegar a gobernar, cueste lo que cueste; la del PSOE, por su parte, sin apoyarse tampoco en un programa coherente, consiste básicamente en impedir, por todos los medios, que el PP gane las próximas elecciones. Un PSOE, claramente a la defensiva, se empeña en propagar el miedo a que venga un gobierno de derechas, con sus políticas reaccionarias, recordando lo que hizo el PP cuando gobernó. El PP, ni eso, solo Sánchez, Sánchez, el sanchismo, como si fuese el origen de todos los males, y todo apoyándose en medias verdades, bulos y demagogia, exageraciones, tremendismo, mucha, mucha demagogia.

¿Pero dónde está la paradoja?

La paradoja está en que, de la debilidad política de ambas estrategias, se pueden o no beneficiar otros partidos. Y la realidad es que ese beneficio no se está dando por igual: de la estrategia del PP se está beneficiando VOX, mientras que, por el contrario, de la debilidad del PSOE no se están beneficiando los partidos a su izquierda, antes al contrario, estos últimos parecen arrastrados por el declive socialista.

Los resultados extremeños resultaron ser premonitorios: ganaba el PP, el PSOE perdía, ganaba y mucho VOX y obtuvo un resultado positivo la coalición Izquierda Unida-Podemos. Después han venido las elecciones de Aragón. Nuevamente ha ganado el PP, pero lo más espectacular es nuevamente el avance de VOX; el PSOE, con una Ministra como candidata, sufría un enorme batacazo; IU-Sumar apenas salvaba los muebles y Podemos quedaba fuera.

La valoración y comentarios de los resultados han ocupado, durante días, la mayor parte de los espacios mediáticos, especialmente los televisivos, compitiendo informativamente con los dramáticos acontecimientos acaecidos en Andalucía con motivo de las sucesivas borrascas provenientes del Atlántico.

El análisis de los resultados se está centrando, casi exclusivamente, en las consecuencias que, para cada partido, tanto para el presente inmediato, como y, sobre todo, de cara a unas próximas elecciones generales, puedan derivarse. No ha habido sorpresas, los resultados han confirmado las previsiones de las encuestas. Es “el mundo de los partidos” el que acapara toda la atención. El discurso mediático se centra en lo que esos resultados significan para cada partido, quién gana y quién pierde y cuánto, que pasará a partir de ahora, en qué acabará lo de Extremadura, o en Aragón, etc. y, por otra parte, y a nivel interno, si los partidos están haciendo autocrítica, si han acertado con los candidatos…

Nadie se pregunta qué piensan los votantes. 

Hay un dato que está pasando desapercibido o, cuando menos no valorado suficientemente, como si no perteneciese a la política, o quizá porque esté empezando a ser rutinario: es la abstención. ¿Sabemos que, en ambos casos, se han abstenido más personas que la suma de las personas que han votado a PP y VOX y que éstos, PP y VOX, pueden llegar a gobernar con solo representar un 33% de todas las personas con derecho a voto? ¿Es esa toda su representación?

Las encuestas nos hablan siempre de los porcentajes de los electores que dicen que van a votar, pero no nos hablan de cuántos votantes se van a abstener y, menos aún nos informan de  por qué alguien se va a abstener. La abstención, en realidad, es un voto, y tanto en las extremeñas como en las aragonesas, el “partido de la abstención” es el partido ganador: ha obtenido un 36% de “no votos”. ¿No es un dato para reflexionar?

… Pero a nadie parece preocuparle la abstención.

Por otra parte, todos, incluido el PP y, sobre todo la izquierda, están preocupados, por distintos motivos, con el avance de VOX; pero está claro, y a los resultados me remito, que nadie está acertando en cómo parar ese avance.

Centrándome en la izquierda, en el PSOE y los partidos a su izquierda, creo que el principal error es pretender frenar a VOX compitiendo en su terreno, en la batalla cultural, y repiten y repiten “que viene la extrema derecha”: todos olvidan que, en los resultados electorales, quien tiene la última palabra son los votantes, los y las ciudadanas… Y nadie se pregunta, seriamente, por qué la gente vota a VOX y, menos aún, por qué tanta gente se queda en casa y no va a votar.

En las semanas previas a la votación se analizan las encuestas, se pregunta por el sentido del voto, si volverán a votar lo mismo que la última vez, la fidelidad al partido; se diseccionan los votantes por género, edad, nivel académico, estatus social, ideología… y se sacan conclusiones a corto plazo, se marcan las tendencias, se prevén resultados, siempre suponiendo (es mucho suponer) que las encuestas son neutrales, objetivas, estadísticamente científicas…

Pero nadie es capaz de agrupar y confrontar todas las respuestas de todas las encuestas con el fin de ver si, entre todas ellas, aparece una respuesta común que explique, no ya las tendencias, no ya las particulares de cada partido, sino la tendencia general que pueda dar una razón convincente de por qué la gente vota o deja de votar.

La gente puede dejar de votar a tal o cual partido por muchas razones: porque en la anterior campaña electoral hizo promesas que después no cumplió; deja de votar a tal o cual candidato porque no le cae bien, no tiene “tirón”, no sabe explicarse, no convence, no tiene experiencia, no tiene un pasado que merezca confianza y, sobre todo, porque no arriesga, no se distingue de los demás; la gente se deja llevar por lo que ve en televisión y no tanto por los debates electorales entre los candidatos, donde éstos emplean su turno preferentemente en descalificar al adversario y no a explicar su programa, sino sobre todo, por los debates en las tertulias televisivas, que no es lo mismo. Y, lógicamente, puede dejar de votar al partido del gobierno de turno porque se siente perjudicado u olvidado y, en definitiva, decepcionado con sus políticas concretas.

Para las elecciones generales de 2023, estuvieron llamados a votar 37,5 millones de ciudadanos. Según declaran los partidos, tienen, entre todos, alrededor de un millón de afiliados aunque, según Hacienda, sin embargo, son no más de 280.000 los que declaran pagar la cuota a un partido. Y una cosa es estar afiliado y otra participar, “militar” en la actividad del partido. La gran masa de votantes no está afiliada a partido alguno.

La mayoría de la gente no vota a la ideología, a izquierda o derecha, conservador o progresista, no tiene claro realmente lo que cada uno realmente representa, y se deja llevar por el ambiente general que rodea a la votación… En todo caso, vota “a los de siempre”, a “los suyos”, por tradición, tradición familiar… no está afiliado, no participa, pero vota y dice “no cambiar de chaqueta” fácilmente...

… O se queda en casa porque está descontento, está molesto.

Se abstiene por cómo le va en la vida, por el malestar que siente; porque se siente engañado; porque nadie le explica el porqué real de la situación que padece… y no tiene interés o ganas, o ánimo para informarse, de verdad; no vota porque nadie le explica por qué, si está trabajando y tiene un salario, no llega a fin de mes; por qué, siendo mujer cobra un 20% menos que los hombres; por qué, siendo joven tiene que cargar con los trabajos peor pagados, trabajar solo media jornada o seguir en el paro, después de haberse esforzado por estudiar y prepararse; o por qué tiene que seguir dependiendo de sus padres cuando tiene más de treinta años; y, lo que es peor, porque no entiende por qué hay quienes viven mejor sin merecerlo, por qué ella o él está siendo discriminado… y, en definitiva, porque no ve salida a lo que le pasa.

En ningún caso vota o deja de votar porque alguien le diga que el malestar es general, que no solo es suyo, que ni siquiera son los españoles los que están descontentos, que el malestar existe en todas partes, en unos países más que en otros, que su malestar, en definitiva, se debe a la forma en que está organizada la vida, el trabajo, el reparto de la riqueza, la pobreza y la desigualdad,que ahí es donde está el origen de sus males: ya nadie se lo dice. Ni siquiera las fuerzas que se llaman a sí mismas transformadoras le dicen que este sistema hay que cambiarlo. Y, lo que más le deprime es que nadie le dice que la cosa puede cambiar... y se siente solo. Al mismo tiempo ve que los políticos están enzarzados con “sus cosas”, sus intereses, sus estrategias, y no le hacen caso y no le explican el porqué de su malestar, de su descontento…

… y son millones los descontentos…

… Y muchos de esos descontentos votan a VOX, a ciegas, dejándose llevar, sin atreverse siquiera a preguntarles a sus candidatos “qué hay de lo mío, cómo me vas a sacar de esta situación”, les basta con saber que hay un culpable, ya se lo dice VOX… y vota con desgana, o con rabia, para desahogarse, o sin saber por qué.

La izquierda tiene que bajar de la nube en que se mueven los políticos, tiene que distinguirse por ser quien hace política a ras de suelo, quien escucha, quien sabe hacerse entender, quien busca soluciones reales, concretas, quien demuestra que su única preocupación es mejorar su vida, la de la gente, la vida material ante todo, y la emocional también… la de todos y todas… también la de los votantes de VOX, ¡cómo no!

Para empezar, y para frenar el avance de VOX, debe dejar de llamar fascistas a sus votantes, la mayoría de sus tres millones de votantes no lo son, si lo fueran, ¡quién sabe dónde estaríamos a estas alturas! Se sienten insultados sin saber por qué, y la izquierda debe asumir y comprender que forman parte, sin duda, de ese ingente ejército de descontentos, desarmados, olvidados y desconcertados que luchan por sobrevivir. Si la izquierda no es capaz de comprender también esto, si sigue como hasta ahora, posiblemente es que no ha entendido nada… y la extrema derecha seguirá avanzando inexorablemente.