Las siguientes reflexiones van dirigidas a los nostálgicos de mi generación y a mí incluido, a quienes creímos que la revolución era posible y, sobre todo, a quienes se nos dijo que estaba cerca, que “ya se oían los cascos de los caballos al otro lado del Pirineo”… y nos comprometimos con ella.
Decía Maquiavelo que los mayores éramos muy injustos con los jóvenes, y afirmaba que “un ardid de la memoria impulsa a los viejos a mitificar lo que recuerdan haber visto durante su juventud… Que por haber visto los tiempos antiguos y los actuales, nos arrogamos la autoridad de compararlos y de ponderarlos, autoridad que no concedemos aún a los jóvenes, porque no han vivido… Y que es necesario considerar que no solo los tiempos cambian sino que cambian también las vidas, las fuerzas y la capacidad de pensar…” Que, saciados con nuestra experiencia, “los veteranos jamás elevamos los ojos hacia la grandeza y la plenitud del sentido y el discurrir de la vida… que nuestra experiencia se convierte en evangelio…” Insta, el autor de “El Principe”, a los jóvenes “a desconfiar de los viejos cuando presentan como sabiduría y experiencia lo que no es más que “su” experiencia particular, encubriendo, con ello, su impotencia personal, su cansancio…”
Lo peor de todo es cuando son los jóvenes quienes se empeñan en que sigamos anclados en nuestro pasado.
Mito es una “narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico…” es historia ficticia… es sobre todo una ficción que sirve para aglutinar a gente a su alrededor, porque encarna, de alguna manera, algún aspecto universal de la condición humana… Es mito también “persona o cosa a la que se atribuyen cualidades o excelencias que no tiene”. Uno nunca se convierte en mito por sí mismo, lo mitificamos los demás.
Vivimos tiempos en la política en que nos empeñamos en establecer líneas de separación, a base de ponernos etiquetas unos a otros, el estado de precampaña electoral permanente en que nos encontramos nos obliga a establecer diferencias, a distinguirnos de los demás, como si estuviéramos en un mercado en el que tenemos que competir para poder vender nuestro producto, ante una multitud doliente, agobiada por su día a día: los hay de derechas, una “derechita cobarde”, otros de extrema derecha valiente, los hay también liberales; en el lado de la izquierda los hay moderados, algunos radicales, otros reformistas, muchos socialdemócratas, los menos de izquierda transformadora, o ellos dicen serlo. La mayoría de las veces, para que no nos confundan, solo decimos ser lo contrario que los demás, lo que no queremos ser, más que lo que realmente somos o a lo que aspiramos.
Me interesa, sobre todo, mirar el lado de la izquierda.
Desde mi punto de vista, no hay actualmente sobre la mesa de la política ninguna propuesta realmente transformadora. Ni por parte del Gobierno, ni del resto de la izquierda. Caigámonos del burro. Acabemos con los mitos. Como mucho, todo lo que se propone no pasa de ser socialdemócrata. Y no considero un insulto llamar a nadie socialdemócrata. Hay que conocer la historia, también la de la socialdemocracia. Mi deseo, no obstante, de que las cosas cambien, no quita para que acepte la realidad, tal como es, y que me sienta obligado a trabajar para que deje de ser así.
Hace unos días, escuché a Sara Santaolalla defender, a capa y espada, con el brío que la caracteriza, que “los empresarios no son los que crean empleo, que son los trabajadores los que lo hacen”… y me he vuelto fan de Sara. Hoy, si no eres fan de alguien, no eres nadie. Hacía veinte, treinta años o más, que no oía algo parecido. Y es que nadie lo dice ya, nadie le dice a la gente, repito, nadie, que el sistema capitalista es perverso, que es el origen de todos los males. Como mucho, decimos que el culpable es el Gobierno. Obsesionados con la espuma del oleaje, nadie dice ya verdades de fondo, que “hay que expropiar a los expropiadores”. No, ¿expropiar? suena muy fuerte, y nos andamos con remilgos, lo de “robar a un ladrón y los cien años de perdón” suena mal, daña la imagen de quien lo diga, ya no se lleva… Como mucho, estamos empeñados en hacer del capitalismo un sistema más humano… sin ver que es tarea imposible.
Transformar es convertir algo en otra cosa distinta. No es maquillarla, acicalarla, cambiarle el vestido o el disfraz. Transformar es acción, no una definición, un apellido, una etiqueta. Nombrar muchas veces una cosa no la convierte en otra. Por los hechos los conoceréis, nos enseñaron desde pequeños. Uno es transformador cuando transforma. Hacer es una cosa, decir es otra. Decía Pablo Iglesias que “cuando uno se limita a decir (sin hacer), en democracia, le sale gratis”, y estoy de acuerdo o, al menos, si no gratis, le sale barato. En la Dictadura, solo por abrir la boca, sin siquiera empezar a hablar, podías ya dar con tus huesos en la cárcel. La derecha es conservadora, no se define como transformadora, ¡a mucha honra! dicen. En la izquierda nos acusamos por igual de ser reformistas o extremistas. Confundimos decir con gritar. Se pueden hacer muchas cosas sin hacer ruido. Hacer es lo importante.
La socialdemocracia se consolidó, como corriente socialista mundial, en torno a la Primera Gran Guerra. Si Adam Smith afirmó que la riqueza, si crecía, iría descendiendo, por sí sola, hasta llegar a los más desposeídos, la socialdemocracia defendía que sería la democracia la que acabaría distribuyéndola equitativamente. ¿La democracia? Que se lo digan a Salvador Allende, un socialdemócrata convencido, mártir por haber intentado ponerlo en práctica.
La socialdemocracia surgió frente a “la violencia de los revolucionarios”, aquellos que se llamaban a sí mismos transformadores, aquellos que despreciaban a los sindicalistas, porque “luchar -decían- por un salario más justo era hacerle el juego al sistema, porque no lo transformaba”. Yolanda Díaz se equivoca: en la empresa capitalista no cabe la democracia, por definición, unos son los amos y otros los productores, los asalariados.
Regular los precios puntualmente, en tiempos de crisis, no transforma el mal llamado libre mercado, esa máquina que genera todas las desigualdades. Es una medida reformista.
Decir, sin más, “No a la Guerra” o “No a la OTAN” lo convierten en eslóganes vacíos, ni siquiera reformistas. Entre otras cosas, porque no explican a la gente lo que ambos realmente representan y lo que comportan. Y, si la gente no lo comprende, ¿de qué nos sirve repetirlo como papagayos? ¿Qué es, que con solo los “convencidos” vamos a sacar a todos de la OTAN? ¿Y por qué no decimos: “Salgámonos de la UE”, que es igual de militarista? La OTAN y la UE ¿qué son? ¿Dos sistemas monolíticos, que permanecen imperturbables a lo largo del tiempo? ¿No están ambas en crisis? Al final, hasta puede que la OTAN se derrumbe, pero no por nuestra exigencia, sino por sí misma, por su propia estructura… y hasta puede que nos pille a algunos avanzando con la pancarta, sin mirar atrás, y nos quedemos solos... es un decir.
Si nos damos cuenta, todas las medidas (o casi todas) que se exigen del Gobierno, por parte de las izquierdas, depositan la responsabilidad en él, en el Gobierno, al más puro hacer socialdemócrata. Papá Estado lo resolverá. Lo de la derecha es otra cosa.
¿Y la patronal no pinta nada?
Una política de verdadera izquierda debería poner a los bancos, las eléctricas, las de la alimentación, a la CEOE, en resumen, como blanco principal y persistente de sus exigencias, de sus ímpetus transformadores, de su lucha diaria por mejorar la vida de la gente, porque su vida depende de esos poderes.
El poder económico no se presenta a las elecciones, no lo necesita, lanza por delante a las instituciones y a la derecha política para defender sus intereses y librar las batallas económicas. Su campo es otro.
La actitud que tenga la patronal sobre cada político y sobre cada partido, puede representar la línea de diferenciación clave para distinguir unos políticos de otros, unos partidos de otros, unas políticas y otras. ¿A quién teme más la patronal? ¿O a quién desprecia más? ¿A quién considera su principal enemigo?
El Movimiento Obrero siempre lo ha tenido claro: es una lucha de poderes, de poderes reales. Cuando los trabajadores van a la huelga, rompen el contrato de trabajo que cada uno tiene firmado con su patrón, le disputan temporalmente el poder que tiene sobre sus vidas, sobre la necesidad de vender su fuerza de trabajo, sobre las horas de más que trabaja y no les paga. Acordar ir a la huelga, en el fondo, independientemente de las circunstancias, no es reformista ni socialdemócrata, es enfrentarse directamente con quien tiene el poder, sin intermediarios, es un ejemplo de decisión netamente de izquierda transformadora.
Está claro que estas reflexiones son muy radicales, en cuanto que van a la raíz de las cosas, que cada tiempo tiene su protagonismo, que los momentos actuales tienen sus características, de acuerdo; con todo, la pregunta es: si nos caemos del burro, si desmontamos el mito de nuestras diferencias, si reconocemos modestamente la realidad, si nos situamos a ras de suelo ¿Por qué el enfrentamiento dentro de la izquierda, en general, es tan encarnizado, en estos tiempos, en España? Está claro que no todos somos iguales, que para distinguirnos está la historia, que cada uno tenemos la nuestra, y nos responsabilizamos de ella y, porque conocemos la de los demás, tenemos derecho a desconfiar. Ahora bien, en el momento actual ¿qué nos diferencia? ¿Es cuestión de cantidad, de que no es suficiente lo que los demás hacen, de la forma en que lo expresan? ¿Por qué, si a algunos nos llaman socialdemócratas, lo consideramos como un insulto, si lo que hacemos no va más allá de ser socialdemócrata? ¿Por qué no lo reconocemos?
Y termina Maquiavelo: “Es deber del hombre bueno, enseñarles a otros, a los jóvenes sobre todo, el bien que, por la maldad de los tiempos y de la fortuna, él, ese hombre bueno, no pudo hacer, para que, siendo muchos los capacitados para ello, por su claridad de ideas y voluntad, lo puedan hacer”.
Por último, decía Tolstói: “Todo el mundo piensa en cambiar la humanidad, pero muy pocos piensan en cambiarse a sí mismos”.
La humildad (y la paciencia) es la madre de la ciencia.
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